Perdiste altura en el vuelo. Ahora viajas casi rasante, acariciando la tierra y las hojas, percibiendo la humedad que lo impregna todo. Te olvidaste de usar tus alas. Tuviste miedo. En ese entonces parecía más seguro no volar; resultaba más fácil. Y ahora, en medio del camino, buscas despegar. Te miras, y esa piel que te envuelve, parece oscura y pesada. Miras tímidamente al horizonte, el cielo aún parece tan lejano. Buscas desesperadamente un punto, aquél que te pueda guiar. Los árboles, las colinas verdes, las ovejas que se van borrando de tu visión, y aparece el mar, que lo abarca todo. Y cuesta, pero bates tus alas fuertemente. Los vientos no ayudan, al contrario, te echan atrás y te hostigan a parar, a refugiarte. Pero sigues. No importa. Piensas que aún no puedes mirar el cielo, pero aún así, sigues la línea del horizonte. A veces se te escapa y pierdes el rumbo, y de pronto te ves en un lugar frío y extraño. Otros días son más claros y el sol entibia tus alas, y allí recobras fuerzas. Un día ves un punto gris en el horizonte. Tus alas están cada vez más fuertes. Vuelas, vuelas y vuelas. Sientes que tus pies juguetean con las nubes. Te pierdes en ellas y duermes un largo rato. Al despertar sigues viaje. Las alas te han crecido y tú, has cambiado. Tu plumaje se ha vuelto cada vez más claro. El día en que el punto oscuro se vuelve palpable y conocido, tu plumaje está casi blanco. Aterrizas como puedes, como siempre lo hiciste: con un equipaje cargado de dudas. Pero esta vez sonríes. Sabes que has llegado. 

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