A las diez de la noche el ferry zarpó desde Bodø dejando atrás la Noruega continental; nos dirigíamos al norte, hacia la isla de Lofoten. Observé conmovida la belleza del horizonte: una hilera de siluetas elevándose oscuras que se movían sobre el agua como manada de pesados elefantes, mientras el mar se adentraba zigzagueando entre sus orillas. Luego de media hora de travesía, la gente poco a poco fue acomodándose en las butacas interiores, y la cubierta quedó casi desierta. Faltaban aún más de tres horas para llegar pero yo no tenía sueño, así que me quedé allí, sintiendo el metal frío en mis manos apoyadas en la barandilla de la proa.

Me quedé sola en la cubierta, luego de que un hombre disparase una última vez su cámara y cerrara de un golpe la puerta a mis espaldas. No sé porqué, pero sentí que alejándonos de Bodø quedaba atrás una parte de mí. Observé cómo pasaban los minutos y la noche caía sin noche porque la luz, de una forma sutil, seguía presente. La ciudad había desaparecido, y a cambio veía en el cielo un disco solitario de plata. El barco siguió navegando hacia el poniente; era la una de la mañana y la luz no se despedía. La luz nunca abandona del todo estas latitudes durante el verano; no se suelta, es débil pero sigue ahí, aferrada al cielo, como seguía yo aferrada a esa barandilla sin siquiera moverme. Me pareció que navegábamos sobre cierta encrucijada: el viento frío golpeaba sobre mi rostro pero luego se asomaba tibio en mi espalda. Me incliné apenas y quedé absorta observando las olas entre la espuma, resultaban hipnóticas, se movían lentamente y me producían un leve mareo, incluso cierto vértigo en mi mirada; me adentraba lentamente en algún tipo de oscuridad, la del mar o tal vez la mía propia.

Han pasado muchos días desde aquel viaje. Veo esta fotografía y no recuerdo con claridad mis pensamientos o mis sentimientos de ese momento. Creo que era más bien un vaivén de sensaciones, de inevitable movimiento de mi alma hacia el norte, más allá de mis propias latitudes. Atravesar un lugar desconocido y transformarme, como un estado natural del espíritu ante las nuevas experiencias. La luz se convirtió en una penumbra que duró sólo unos minutos. Miré mis manos, mis dedos, mi piel dorada, sentía que atravesaba el día (o el mundo) hacia otro día, sin dormir la noche ni despertar sueños. Sentí que la noche se me resbalaba de las manos y que en caída libre se precipitaba al mar. El tiempo y el espacio se detenían en una imagen que rozaba lo irreal. Apareció un nuevo horizonte, montañas nuevas flotando en el agua y tras ellas imaginé al sol, esperando agazapado mientras el cielo se convertía en un lienzo de pinceladas anaranjadas, rojas, púrpuras. Fue como si aquellos días se sucedieran todos iguales, como si no tuviera más noches ni más sueños a los que recurrir, como si aquel ferry, las montañas, mis manos y el viento fueran soñados únicamente en otro hemisferio. 
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