Avanzamos por la carretera mientras el sol sigue a mi derecha bañando los campos dorados; las sombras de los árboles se estiran sobre ellos y crean caminos sin señalar. En pocos kilómetros surgen montañas en el horizonte, aún están lejos, aún son sólo sombras, una visión fantasmal. Veo el cartel amarillo que nos indica la llegada a Füssen. La música me susurra desde la radio encendida mientras las nubes se convierte en en un velo. Cambia la vegetación y miles de pinos corren como pólvora por el valle, las montañas se acercan y se acercan y ahora dejan de ser espectros. El otoño se ha colado en este verano maduro y pende de las hojas de los robles, convirtiéndoles en doradas presencias. La tarde se vuelve eterna y dejo de pensar en los puentes que quedaron atrás, en los cruces de caminos que no tomé, en las señales que ignoré y percibo los senderos que se abren en mi mirada, las conexiones que creo con las personas, incluso en la distancia, y presto atención, esta vez sí, a los signos, a todos y cada uno de ellos que me animan a seguir. 

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