Prepárense para una caminata. Si se calzan una botas de trekking y un poco de imaginación, mucho mejor. ¡Vamos! No será tan duro, iremos suave. Eso sí, mañana tendrán que madrugar.

Aún dormíamos cuando se oyó el entrechocar grave y metálico de las campanas de la iglesia del pueblo. El sonido se propagó por el valle y llegó hasta nosotros, que acampábamos en lo alto de una colina. Son las siete de la mañana y el cielo amanece limpio y brillante, después de la lluvia de anoche. Preparamos rápido el desayuno, y a las ocho estamos listos para empezar la caminata.
En el inicio del camino sentimos el sol elevándose y el calor que empieza a apretar. Deténganse unos segundos y escuchen: la naturaleza nunca es un lugar de silencio. El silencio se cobija dentro nuestro para dejarle paso a los sonidos del bosque, para percibir más profundamente lo que nos rodea. Al principio nada nos resulta cotidiano, hasta pareciera que los insectos nos acosan, zumban a nuestro alrededor, juguetean en nuestra piel y se posan inquietos en nuestros brazos. Sí, esta primera vez son inevitables los sobresaltos, los esquivos y los manotazos disuasorios.
El sol se vuelve intenso a medida que avanza la mañana. Intenten no hablar, oirán la gravilla apretujándose bajo sus botas y el cencerro de las vacas que, incansables, desnudan las colinas. Mientras avanzamos por el sendero observamos cómo las flores silvestres se desparraman en un caos de pétalos amarillos, blancos y fucsias. Las mariposas bajan en caída libre desde los árboles, revoloteando animadas sobre los colores de las flores. El camino nos arrastra pendiente abajo; el bosque se aprieta donde no llega el sol y bajo las sombras de las ramas, el aire se vuelve frío, como si fuera de madrugada.
Al mediodía regresamos. Mientras nos quitamos las botas oímos el graznido de unos cuervos y levantamos la mirada: una bandada de sombras planea en el cielo. Con los pies descalzos, apoyados en el césped tibio, observamos aquellas cabecitas negras, moviéndose inquietas ladera abajo. Se acercan al valle donde se asienta el pueblo, una veintena de casas con techos a dos aguas, repartidas entre frondosos pinares. y árboles centenarios. 

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