Te miro de reojo y sonrío, siempre lo hago, sobre todo cuando siento que voy a salir a jugar. Te miro, apenas me reconozco. Levanto las cejas, sorprendida de mi propia voz. Ahora es más gruesa, pero sigue siendo suave, como los pañuelos que guardaba mamá en el segundo cajón. Sí, hazlo, mueve tu pelo y desprende las ideas erradas. Ya no entiendo de qué hablas. Te pido que busques tres flores de tres casas y las arranques para regalar. Salta la reja y sal corriendo, pero no mires atrás; cruza, toca el timbre en la casa de la calle Liniers. Allí ríete hasta llorar, canta a dúo nuestra canción favorita, busca monedas en tus bolsillos, compra golosinas sin pensar. Pinta un cielo de celofán, juega con la yerba convertida en césped y dibuja un sol de polenta. Haz engrudo, ensucia tus manos de tizas de colores, de temperas, dibuja con fuerza sobre la hoja en blanco. Usa tus manos para crear. Deja volar tu imaginación. Busca palabras sin sentido y atrapa sueños jugando en un pasillo; haz una rayuela y salta en una pata hasta que desaparezca; recoge piedras de colores, y saluda a los perros tras las rejas. Mira tus pies, tus manos, este cuerpo. Y vuelve a buscarme, al Jardín número tres, toma mi mano diminuta, da pasitos conmigo. Y llévame de vuelta a tu lado.

Recent Posts

DEJA TU COMENTARIO