Dejé atrás la ciudad; me pierdo un poco allí. Hoy vuelvo a la naturaleza, al agua calma de la ría cercana, a la tarde menguando hacia el horizonte. Busco la paz del momento. Busco la paz en mí. A lo lejos, diviso cuerpos diminutos recorriendo la playa. Más allá de la ría aparece el pueblo: algunas casonas de tejas anaranjadas que miran hacia el mar. Veo las gaviotas que planean, su canto hueco se propaga sobre el agua, en el aire, sobre mí. El sol, aún tibio, sigue descendiendo. La brisa aumenta de golpe y la ría se vuelve acero ondulante; los veleros atracados se mueven en un vaivén que me adormece y las hierbas, asentadas en la orilla, se mecen juguetonas a mis pies. El cielo poco a poco se va tiñendo de dorado, naranja, rosado, púrpura. Intento dejar atrás los sonidos urbanos, volver al silencio interno, pero esa conexión se resiste. Insisto buscando señales, probando alguna dirección que me permita regresar a mí. Pero los movimientos son torpes, cualquier pensamiento efímero me distrae. Intento no pensar, alejarme de mi mente, como ese pájaro que se aleja volando de la costa. Cae la noche, los edificios del pueblo se convierten en sombras, se despiertan las primeras luces reflejadas sobre la ría, unos perros ladran a lo lejos y las gaviotas se despiden envueltas en sus ecos. Es difícil regresar, pero es posible. Los miedos atraviesan esta línea fronteriza entre el mundo y mi ser, como los peces saltando en el agua, con un sonido seco y húmedo a la vez, dibujando límites esféricos en la superficie, que se expanden, pero, por suerte, luego desaparecen. 

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