Rayuela, para conocerme y pintar mis mundos con una tiza. Contar uno, dos, y así hasta diez. Observar la tierra y luego el cielo. Tirar la piedra con tanto afán como quien tira una intención al universo. Calcular el terreno dibujado, el vuelo azaroso del pedrusco. Esperar un instante, y observar dónde cae mi destino. Tomar aire, saltar en una pata, apoyar los dos pies en el suelo. Marearse, girar, saltar de nuevo, haciendo equilibrio con todo mi cuerpo. Buscar el cielo, los números marcados, y regresar a la tierra. Recoger la piedra, y llevar conmigo el destino y el azar. Salir del Purgatorio, de mi propio infierno, intentar llegar al Paraíso, atravesar nuevos mundos. Lanzar el alma, recogerla, volver a lanzarla con cada momento vital. Traspasar las fronteras de mi propio juego, y saltar más alto, y llegar más lejos. Y encontrar a la niña que vive en mí.

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