“En las montañas nos olvidamos de contar los días”

Koan Zen

De pie, junto al merendero, observé el paisaje frente a mí: era un valle cubierto de pinos repartidos entre peñascos y cientos de retamas que, cargadas de diminutas flores amarillas, se apretujaban hasta el borde mismo del embalse. Era un día luminoso. El viento comenzó a soplar con fuerza, inventando cardúmenes que nadaban bajo la superficie del agua. Cerré los ojos. Percibí que los pájaros cantaban. La tarde cayó lentamente; por un rato pude distinguir las montañas oscuras recortadas en el horizonte plateado. A lo lejos se oían los cencerros de las ovejas que pastaban entre los peñascos. Por momentos se oían todas juntas, casi al unísono, y luego el campanilleo se serenaba. Desde el cristal de la furgoneta vi las primeras estrellas, luego me quedé dormida.

La noche comenzó suave, pero a medida que avanzaba las cosas no resultaron como yo esperaba. Pero, ¿Cuándo resultan las cosas exactamente como uno las planea? Éramos huéspedes furtivos, por eso me había pasado las horas de dormir sobresaltaba con cualquier sonido de fuera: el viento, que jugaba conmigo, se encendía como un motor rugiendo entre los peñascos desnudos, y las ovejas tintineaban sus cencerros toda la maldita noche; varias veces – lo confieso – me imaginé estrangulando a más de una. Me pregunté, durante el insomnio desesperante de la madrugada, si alguna vez soñarían. El frío se colaba por las rendijas del coche; tenía mi nariz fría y mi voluntad congelada. Cada salida al baño, bajo las estrellas, era un tormento que requería cumplir un protocolo riguroso: ponerse un abrigo, bajar con cuidado la última balda de la cama, calzarse las botas, coger papel higiénico, colocarse el frontal, caminar a tientas por entre las rocas para buscar el mejor sitio, salpicarse los pantalones y las botas, guardar el papel en una bolsita, volver puteando, quitarse el frontal, quitarse las botas, subir la pierna y apoyar la rodilla en la balda, y ¡Oh! en el último tormento, sentir que algo cruje y que se viene abajo la mitad de la cama, pegar un grito, despertar a las ovejas y escuchar  el tintineo agitado de los cencerros.

Estaba amaneciendo cuando se oyeron unos ladridos acercándose, y luego un grito humano, entrecortado y seco  que gritaba “¡Ey, ey, ey..!”. El rebaño se despertó alterado y los cencerros reanudaron su campanilleo. Observé por la ventanilla las manchas blancas deslizándose, ágiles y veloces, conducidas entre los peñascos por dos figuras oscuras que guiaban su dirección. En pocos minutos desaparecieron las ovejas, los perros y el pastor, y emergieron las siluetas de los pinos sobre las cumbres de las montañas. También las nubes, amontonadas, fueron moviéndose en rebaño por el cielo claro. Iban hacia el sur. O eso creía yo, porque para ser sincera, no tenía la menor idea de dónde estábamos.

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