Nusfjord no es más que un puñado de casas desgastadas por el viento y el mar. Están construidas en madera pintada de color ocre y bordó, y en los recovecos de sus tejados anidan decenas de ruidosas gaviotas. El viento sopla sobre la bahía: ha llegado el otoño. Sale humo por una de las chimeneas; es el taller de Olav, el herrero. Dentro, las herramientas están dispuestas como si el trabajo fuese a comenzar de un momento a otro, pero una gruesa película de polvo lo cubre todo. De sus paredes aún cuelgan dos alicates oxidados, y en el suelo hay unas cadenas enroscadas de tal forma, que parecen serpientes de metal. Aún pueden sentirse cerca los pasos de Olav, tan alto y corpulento, inclinándose para entrar por la diminuta puerta. Aún puede percibirse el aura cenicienta y su mano izquierda acariciando la barba rubia, mientras observa ensimismado el fuego. De repente, hay un crujido seco y efímero: es la madera ardiendo sobre las rocas, o tal vez la mirada del herrero, encendiéndose con su propio recuerdo. 

Recent Posts

DEJA TU COMENTARIO