Te miro de reojo y sonrío. Siempre lo hago, sobretodo cuando pienso que pronto salgo a jugar. Apenas me reconozco en tus ojos preocupados. Levanto las cejas, sorprendida de mi propia voz. Ahora es más gruesa, pero sigue siendo suave, como los pañuelos que guardaba mamá. Mueves tu pelo y quitas ideas erradas. No sé que decirte. Ya no entiendo de qué hablas. Afuera me esperan mis muñecas a tomar el té.
Cuando puedo, te susurro al oído. Busca tres flores de tres casas y arráncalas para regalar. Salta la reja y sal corriendo, no mires atrás, seguramente alguien intentará seguirte, tu sigue, salta, cruza, toca el timbre en la casa de la calle Liniers o sigue hasta Dorrego. Ríete hasta llorar, canta a duo tu canción favorita, compra golosinas sin pensar, busca monedas en tus bolsillos, pinta un cielo de celofán. Juega con la yerba convertida en césped y dibuja un sol de polenta granulada. Haz engrudo, ensucia tus manos de tizas de colores, pinta con fuerza sobre la hoja en blanco. Usa tus manos para crear. Deja volar tu imaginación. Busca consuelo en el abrazo materno. Enamórate como si tuvieras seis años, y aprende del desamor como si tuvieras diez. Busca palabras sin sentido y rescata horas para jugar en el jardín. Sí, haz una rayuela y juega hasta que el cielo desaparezca, recoge piedras de colores, y saluda a los perros tras las rejas. Mira tus zapatos, tus manos, mis manos. Vuelve a buscarme al Jardín tres, da esos pasitos conmigo. Y sí, por favor, llévame de nuevo a tu lado.

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