Debo reconocer que los blogs de viajes son muy perjudiciales para la salud. Primero, porque te pones de envidia – sana, claro – pensando cómo cuernos hace la gente para recorrer tanto mundo; y segundo, cuando eres tú la cabrona que viaja, la decepción te invade porque – hay que decirlo – la realidad dista mucho de la vida en la blogosfera.

Después de los cientos de posts que me leí antes de llegar, rompí la paciencia para alquilar una moto y así “conocer de otra manera, más auténtica“. Ya me imaginaba toda la película: rodando por Asia, atravesando campos con miles de palmeras y grandes valles de arrozales, saludando a los lugareños mientras mi pelo ondeaba suave en el aire.  Pero lo que resultó realmente auténtico de aquella experiencia fue mi dolor. Debí sospechar algo porque al echar a andar Juan me soltó: “Uuuuhhh… tiene los amortiguadores reventados…”, pero como yo seguía en mi película, ni caso. A medida que avanzábamos en el recorrido fue convirtiéndose en una película, pero de terror. Cada tanto rogaba un alto en el camino, me bajaba, miraba el asiento y pensaba angustiada: “Esto no sirve…es para culo asiático“. Tampoco fue una buena idea aventurarse el primer día a recorrer 70 kilómetros de ida. Resumido: los arrozales no aparecieron hasta el kilómetro 45, después de tardar más de una hora en salir del caótico tráfico, sorteando motos, taxis y tuck tucks en un ambiente de frenéticas bocinas. No vi ni la mitad de los paisajes: la carretera era una serpenteante seguidilla de curvas y contracurvas. Era inevitable: cerraba los ojos en cada viraje y se me venían imágenes de nuestros cuerpos tirados en la carretera. ¡Es impresionante la cantidad de malos pensamientos que pueden asaltarte en segundos! A los 65 kilómetros tenía un dolor de culo insoportable, no veía nada, me sudaban las manos y mi pelo parecía el de un búfalo de agua recién lambeteado, oliendo al sudor de los quichicientos turistas que ya usaron el mismo casco, con 40 grados de calor y 97% de humedad.
Para rematar el viajecito, al llegar a Mae Salong, un bonito pueblo en las altas montañas tailandesas, nos metimos por un camino sin salida que descendía en forma pronunciada. Juan intentó girar, retomar y subir; logró la maniobra pero el motorcito del escooter – que tendría la potencia de un exprimidor eléctrico – dio todo de sí, pero no alcanzó y se paró en seco. Con esa pendiente – y los kilos acumulados de tanto pad thai – la moto comenzó a irse de lado. Yo, rápida de reflejos, salté como un resorte del cacharro en movimiento, sin calcular lo escarpado del terreno, que hizo que rodara unos metros abajo como una croqueta. Por suerte fue solo un raspón, pero no le hablé a Juan por 10 kilómetros del orgullo herido que tenía. Bueno, sí le hablé, para decirle que frenara, que ya no aguantaba más. Al otro día amanecí con una contractura en la espalda, que ni cuatro tailandesas masajeando me lo pudieron quitar. Repito: los blogs de viaje hacen mucho daño.

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