Conté a la distancia nueve ovejas sobre el valle; me imaginaba sus ojillos oscuros, absortos en ese mar verde, y sus bocas incansables arrancando la hierba tierna. Desde el mirador bajaba el agua desaforada, deslizándose con fuerza por la ladera de la montaña y con más fuerza, aún, caía en picada. La cascada era impresionante, sí, pero ese ruido ensordecedor absorbía todo el silencio que yo ansiaba del valle. Cedía involuntariamente mis oídos, porque mi vista estaba atrapada en el paisaje. Era una hondonada abierta que se angostaba en el horizonte cubierto de altas montañas; contenía cientos de casas apretujadas en la ladera izquierda, y la carretera que atravesaba el pueblo, se perdía en el fondo, entre un puñado de abedules. Hubiese querido quedarme la eternidad de ese atardecer sentada en aquel banco frío, oyendo la cascada como una aplanadora, pero frente a mí estaba la más tranquila calma. A veces me sentía así, con mi mente convertida en una tormentosa catarata cerrando casi todos mis sentidos, y sin embargo la mirada, siempre la mirada, devolviéndome las palabras.

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