Llegué a Madrid cansada de viajes y aeropuertos; ya me dolía la cabeza de tantas horas de vuelo. Cuando salí a la calle el viento frío y seco pegó en mi cara, y de repente me desperté. Subimos al taxi y viajamos en silencio hasta el hotel. Observé por la ventanilla del coche la carretera: ya era de noche y las luces apenas iluminaban el camino. Me sentí extraña en aquella ciudad que conocía tan bien. Recordé a Ana, sus palabras y tuve la misma sensación. ¡Qué aburridas resultaban las calles, los silencios, la total ausencia de personas! ¿Dónde demonios estaba todo el mundo? El taxi giró en una esquina y se adentró en una avenida. Vi un bar de tapas y dos hombres fumando fuera. ¿Cómo puedo añorar aquel caos, esa masa de tráfico disparatado, esos dudosos puestos de comida, esa miradas infinitas? Todo parecía tristemente anodino. Al bajar me tenté de pedirle al taxista una rebaja al precio de la tarifa; sonreí con cierta tristeza de mi ocurrencia mientras bajaba mi mochila. Al arrancar el taxi observé su matrícula con la estrella y los números; caí en la cuenta de que estaba a miles de kilómetros de Asia, y rompí a llorar por las caras serias, los abrigos y las bufandas, el aroma dulzón de los perfumes en el aeropuerto, las maletas, los dispositivos sofisticados. Todo me parecía extraño y superfluo en Madrid luego de los búfalos de agua. 

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