Cuando salí de la finca, el sol ya estaba en alto. Sentí la gravilla apretujándose bajo mis zapatos y mis pasos, persiguiéndome. Tomé el sendero que llevaba al pueblo, adentrándome en las hileras de olivos; sólo se oía el rumor del viento rozando las hojas. Avancé un poco más, y a lo lejos divisé las casitas blancas apretujadas. Entonces oí los gruñidos de los perros. Fue allí, en ese instante de silencio, devorado por la jauría invisible, que lo sentí. No era la primera vez; era una emoción que yacía agazapada, que reaparecía una y otra vez, como una pesadilla recurrente. Escuché un sonido estremecedor, de cadenas agitándose y un puñado de ladridos que avanzaban hacia mi cuerpo. No sabía qué hacer. Un remolino de polvo se lanzó al camino, camuflado entre las sombras de los peñascos, entre la alteración de los olivos movidos por el viento.
Cerré los ojos. No supe cuánto tiempo. Respiré profundo. Cuando abrí los ojos nuevamente, me encontré con el sendero suave, apacible. Reinaba el silencio en el terraplén divisorio, y también en las hileras de olivos. Atravesé el caserío pensando en los perros, pero no vi más que una caseta abandonada, una larga cadena quieta, y dos cacharros vacíos a un lado. No quedaban más que signos en el suelo de tierra. No quedaba más que el eco del viento, deslizándose por entre los eslabones abandonados.

El miedo,
esa voz invisible
que murmura en mí
una canción que no comprendo.

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