Hace más de dos semanas vivimos de hotel en hotel. En mi opinión, un estilo de vida sobrevalorado. A veces, más vale cama y baño conocidos que suite por conocer. A medida que avanzamos hacia el norte las estadías en los hoteles se han tornado… ¿Cómo decirlo? ¿Self service? En Cantabria comenzamos a familiarizarnos con el sistema. Nos sorprendimos con una llamada de la dueña para confirmar horario de llegada a la coqueta casa rural que habíamos reservado. ¡Qué atenta! – exclamé sorprendida. Y más sorpresa nos llevamos al arribar al pueblo, dirigirnos al lugar y esperar más de quince minutos que alguien nos atendiera. Luego de recorrer las instalaciones externas, el único ser humano que logramos encontrar fue a Mijail, que cortaba ensimismado el césped. Mijail era el encargado de los jardines, nos dio las llaves de la habitación y, a falta de recepcionista, nos dijo que cualquier cosa la dueña se daría una vuelta mañana.

– Ah…Mijail…una cosa más ¿Tienes la clave de wifi, por favor?
– Sí, es cinco uno
– ¿Cinco uno? ¿Sólo cinco uno?
– Sí, uno, uno, uno, uno, uno.

En tierras francesas la cuestión del autoservicio hotelero tomó un cariz escandaloso. Nos costó un perú (o dos) llegar hasta el hotel. ¡Si hasta el GPS se perdió! El edificio – de estilo norteamericano, del tipo Motel Route 66 – estaba construido en plena zona industrial. Para llegar hasta allí, tuvimos que atravesar un acampe nómade de caravanas que tenía funcionando – en plena calle – una lavadora con tambor vertical. ¡Hasta habían improvisado una soga de coche a coche!
El hotel advertía en su sitio web que el check-in sólo se efectuaba de 9 a 11 y de 17 a 19 hs. Claro, yo estaba en la puerta con maleta y necesseire a las 14.30; las puertas estaban cerradas y el portero eléctrico mudo. Luego de las cinco, logramos ingresar. Un cartel en cada piso explicaba que en caso de emergencia (llámese incendio, por ejemplo) había que llamar a …, y renglón seguido indicaba el nombre y número de teléfono de la recepcionista de guardia. Después de las siete de la tarde la recepción se convertía en tierra de nadie: si queríamos salir del hotel, sólo teníamos acceso al parking y a la entrada con una clave. Y si perdías la clave o te habías pasado del horario, no quedaba otra que llamar a la recepcionista… ¡A su casa… !

Debo reconocer que en Bélgica la cosa fue a peor. Nos dejaron en la habitación una bandeja con hervidor eléctrico, té, café y chocolate. Una fineza, diría mi hermana. Por la tarde, salí del cuarto a tomar el aire; las habitaciones daban al parking y junto a la nuestra, había una pareja recién llegada bajando los bártulos del coche. A su lado, una piojita de dos años con mofletes sonrosados me miraba. La miré y le sonreí.
Bon jour- me dijo sonriente.
Bon jour- le respondí saludándola con la mano.
Al rato, leía tranquilamente tirada en la cama. Cuando la escuchamos la primera vez, nos miramos preocupados. Las paredes parecían de papel, se escuchaba a la nena hablando.. luego llorando…y finalmente… gritando.
Esta noche no dormimos – me lamenté. Y efectivamente, esa noche no pegamos ojo. No fue la petit in Bélgica la culpable, sino los irresponsables del hotel que nos alojaron al lado del cuarto de máquinas. Un zumbido metálico constante invadía la habitación, y al apagar las luces parecía oírse amplificado, como en sonido surround.
A las tres de la mañana lo escuché a Juan que andaba en el baño. Como tardaba en volver a la cama le pregunté si estaba bien. Apareció en la puerta, se acercó a la mesilla y encendió la luz. Estaba pálido.
¡Yo ni loco me baño aquí!- me dijo
¿Qué? ¿Por qué? Que pasó? – le pregunté extrañada.
Me metí en la bañera para oír desde dónde venía el ruido ése, me pegué a la pared. En eso estaba, escuchando el zumbido, cuando empecé a mirar los azulejos…¡Una mugre! ¡Ahí hay una roña de meses!
¡No me digas!- exclamé. Igual me pregunté qué hacia a esa hora haciendo eso, y de qué serviría saber de dónde venía el ruido.
A la mañana siguiente, pasé el duchador con agua caliente por toda la bañera y los azulejos, y me metí en ojotas. Juan no se atrevió a bañarse.
¡Cobarde! – le grité asqueada desde la bañera, mientras hacia malabares para no tocar nada.
El colmo del “do it your self” llegó en Inglaterra. Que uno decida hacerse el joven y copado y se vaya a un hostel (eso sí, sólo de dos camitas… ya no me fumo a doce poco aseados en la misma habitación) vaya y pase, pero que a la mañana siguiente nos desayunemos con el cartel en la puerta que nos solicitaba sacar las sábanas, los edredones y las fundas de las almohadas nos pareció demasiado. Si nos descuidamos, nos piden que pasemos la aspiradora – me dice Juan. O que hagamos el baño – comenté mientras terminaba de meter las sábanas en la cesta a pie de cama.

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