A Robert lo conocí en la cocina comunitaria de un camping en un pueblo de Francia. Eran las siete de la mañana y él estaba a pocos metros de la entrada doblando un saco de dormir, junto a su minúscula tienda color aceituna. Yo llegaba para lavar los cacharros de la noche anterior; lo vi levantar su cabeza, observarme unos segundos a través del cristal de la cocina, y seguir enrollando lentamente su saco. Mientras dejaba correr el agua, esperando que saliese tibia, me di cuenta del hornillo diminuto sobre la mesa, con un jarrito ennegrecido y machucado sobre el fuego. Al rato entró en la cocina y me saludó mientras controlaba el jarrito. Me pareció que aún llevaba puesta en la mirada el sueño de la noche. Comenzó la conversación quejándose de que no había podido dormir bien por la party en alguna casa vecina. En realidad, yo también había escuchado algo, vagamente, pero no había sido en una casa vecina sino que en Valdeblore se celebraban las fiestas por Saint Michel. Robert tendría unos cincuenta y tantos años, aunque no lo sé con seguridad porque soy muy mala para calcular edades. Se notaba en su piel dorada y curtida por el sol unas gruesas arrugas en el rabillo de sus ojos, que se profundizaban al sonreír. Tenía los ojos claros y una mirada penetrante que escudriñaba en mis pupilas fugazmente. Eso, no sé porqué, me ponía nerviosa, como si pudiese leer los secretos en mis ojos. Su barba de varios días estaba desprolijamente corta y completamente blanca. Hablamos de las montañas y los perros. Según él, aparecían muchos en los senderos y se acercaban, acosándote, muy seguros de sí, acostumbrados a mandar sobre las ovejas sumisas. Me contó que se encontró con uno que tenía un collar con pinchos y un cuello así, y se agarró un muslo con las dos manos. Lo miré sorprendida y me estremecí con la imagen. No paraba de hablar. Robert vivía en un pueblo al oeste de Londres y tenía su propio negocio; me confesó que había tardado años en tomarse unas vacaciones y no sentirse culpable. Venía de pasar varios días solo en la montaña y me dijo asombrado que, apenas había bajado a “la civilización”, lo que más le llamó la atención fue lo brillantes que eran los productos en las góndolas del supermercado. Ahí entendí sus ganas de conversación tan temprano. No sé porqué, hablando de viajes, surgió Suiza, él abrió grandes sus ojos claros, meneó la cabeza, y me dijo serio que no le gustaba porque hasta las hojas en otoño caían perfectamente en el suelo. Había llegado a Francia tomándose un tren desde Inglaterra, hacía ya más de tres meses. Le pregunté si echaba de menos a su familia y me respondió que no tenía familia. Bueno, me corregí, tus amigos, tus afectos. Casi todos han muerto soltó. En un hilo de voz, sin saber donde meterme, seguí adivinando: tu casa, tu rutina. Se encogió de hombros y no contestó, como si aquello no tuviese importancia. Luego de lavar los platos y los cubiertos, me despedí de él con esa sensación que siempre me queda en estos encuentros efímeros: querer seguir escuchando la historia.

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