Cierro los ojos y me escucho hablando a distintos tiempos. Por momentos los sonidos me confunden, pero luego se dan paso para convertirse en una armoniosa melodía. Hay un estornudo que me devuelve a la costa, entonces veo una pareja que conversa en la orilla mientras juguetean con sus pies. Apenas se oye el sonido de sus voces, sólo cuando el mar se silencia entre golpe y golpe. El viento enfurece y arrastra con él toda la arena crispada, golpea en mí y se aferra a mi piel. Las banderas desgastadas flamean mientras las palmeras se sacuden furiosas. Un hombre húmedo avanza hacia el mar mientras una niña, vestida de primavera, se abre paso entre los cuerpos inmóviles tendidos en la playa. El sol cae despacio, la arena se vuelve más brillante y las gaviotas que volaban en círculos sobre el agua, se pierden mar adentro. Me sobresalto cuando la cucharilla de café golpea en el borde del plato; agito mi mano y en segundos veo el azúcar arremolinándose. Observo detenidamente la perfecta línea que separa el cielo del mar y pienso que estoy lejos de casa. Lejos, lejos. Ahora observo a mi alrededor, todo me resulta extraño, el mar y sus golpes, la arena crispada, las rocas tiradas, el viento y el sol. Esta anomalía de elementos en mi paisaje cotidiano, esa sensación tan profunda y arraigada de sentirme fuera de contexto.

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