No sabía cómo contar la salida certera de este sol, ni cómo describir las dudas que surgieron de la nada, batiendo sus alas sobre la playa, internándose en mi interior. Las olas, enroscadas, avanzaron hacia la costa para estirarse sobre la arena húmeda; luego retrocedieron, y se lanzaron otra vez, con un nuevo impulso. Aletearon nerviosas las hojas de mi cuaderno: se desprendieron las palabras y sobrevolaron el mar. Pero el mar… el mar ése día estaba desprovisto de significados, no era más que un cúmulo de conceptos por armar.

Escribí.

El mar se convierte en una incesante porción líquida de ganas de escribir. Pero se mueve a la deriva. El mar me arrastra hasta un horizonte extraño, y encauza mis temores por los bordes de sus costas. Las gaviotas, como las ideas, surgen de la nada, danzan en el aire, sobrevuelan mi cabeza y se internan en el agua. Desaparecen. Son movimientos silenciosos, camuflados por el viento, como acotaciones al margen, apuntadas entre ola y ola.

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