Lo primero que hago al abrir los ojos es observar la ventana recortada en la pared. A través del cristal se divisa una porción de cielo blanquecino por donde se deslizan nubes alargadas. Vuelvo a dormirme, como casi siempre hago, después de apagar la alarma del móvil. Cerca de las ocho, vuelvo a abrir un ojo. Siempre amanezco como si me hubiera atropellado una bicicleta, con mi cuerpo despatarrado en toda la cama, boca arriba, y las manos detrás de mi nuca. El barrio parece despertar conmigo; al principio sólo se oye el murmullo de los motores de los coches en la autopista; es un ir y venir constante, un sonido uniforme, como el motorcillo lejano de la nevera en la cocina, pero a medida que se acercan las ocho, la autopista se carga y ya resulta inconfundible el flujo de combustión hacia el norte y el sur de la isla. Me asomo al balcón del apartamento y veo algunos vecinos – con más fuerza de voluntad que yo – que trotan por los senderos del parque, con sus voces entrecortadas por la respiración agitada. La luz del día se vuelve más brillante y el cielo más azul. Me levanto, voy a la cocina, abro la nevera y me quedo mirando como una tonta la fruta del segundo estante: hay tres mandarinas y media papaya. La papaya es de un naranja intenso y repleta de semillas negras que brillan más con el film que las recubre. A veces me dan un poco de impresión todos esos granos regordetes y apiñados, me recuerdan las garrapatas que le quitábamos a Jacinto y reventábamos contra el suelo, dejándolo todo el patio manchado de sangre. Qué asco.
Mi barrio es muy luminoso, el sol cae sobre sus calles pequeñas y curvadas durante casi todo el día. Me recuerdan a «Las Cortaditas» de Monte Grande, aunque sin tanta vegetación aflorando por todos lados. Bellavista, en cambio, no tiene ningún árbol en sus calles. La mayoría de las viviendas del barrio son adosados de techos a dos aguas cargados de tejas coloniales, con sus fachadas de colorines en las que se entremezclan los azules y amarillos con las tonalidades terracotas. En la esquina de la calle Montserrat siempre cruzo temiendo que alguno se salte el stop, me estampe contra la casa de la curva, y termine tirada entre patos de cerámica y enanos de jardín. Siempre espero hasta último momento para decidir si sigo recto por Alejandro del Castillo o doblo en la primera rotonda, la que tiene en su centro un cactus con sus espinas de metal. No me había dado cuenta de la cantidad de rotondas que había por el barrio hasta que vino mi mamá de visita. Parece la ciudad de las rotondas, me dijo un día riendo. Me la quedé mirando sorprendida y después observé la cantidad de círculos, que parecían infinitos, hasta el final de la avenida.

 

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