Un oso me mira desde el perchero. Es un oso blanco, con una cabeza enorme; desde aquí le veo los colmillos y su hocico oscuro. Smile is better me dice con un globo en el aire. Sus ojos son dos bolitas pequeñas, eso le da cierta ternura. Hay un tiburón azul surcando veloz la camiseta; merodea cerca del barco pesquero bordado en el pecho. Tenía un corazón de lentejuelas rojas que cosí sobre el bolsillo derecho de la falda de cuero. Trabajo día y noche, y mis brazos son como enredaderas con flores rosadas que caen sobre las telas largas. En las silenciosas madrugadas, lo único que se oye es mi máquina, con su traqueteo infinito de durmientes imaginarios. Esta noche cosí tres mariposas más y algunos petirrojos. Luego apagué la luz y me fui a dormir. Pero en la oscuridad de la habitación, oía desde mi cama el canto suave de los pájaros. Les chisté una vez, y ya no se oyó nada más. Hoy regresé al taller, y allí estaban, el oso, el tiburón, un corazón latiendo, tres mariposas, y el canto suave de los petirrojos en la pantorilla del último pantalón bordado.

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