En los últimos diez años he tenido una vida algo nómada. Es por eso que con tantas mudanzas, viajes, regresos y reencuentros, me fui desprendiendo de muchos objetos. Al principio era duro, parecía que una parte de mí se iba con ellos. Aprendí a discriminar y evaluar y así poder decidir qué seguía conmigo y qué no. Tuve que renunciar a casi todos mis libros de papel porque no podía convertirme en una biblioteca ambulante, y regalé ropa que no había forma de que entrase en una maleta de veintitrés kilos. Me he despojado de maquillajes sin abrir y accesorios sin usar.
Los objetos se convierten en lo que queramos, les adjudicamos un valor propio, un significado determinado. Me costó un tiempo darme cuenta de que mientras cambiaba de ciudad o casa también cambiaba mi perspectiva sobre los objetos. Sí, claro que necesitamos objetos; vivimos rodeados de ellos, pero no siempre necesitamos los mismos, ¿O alguien me puede decir para qué me sirve un neopreno si vivo en plena Avenida Rivadavia, o para qué quiero un paraguas si paso tres años en las Islas Canarias? ¿Qué sentido tiene mi diccionario de alemán cuando me voy a pasar una temporada en el Lake District? ¿Vale la pena llevarse un esmalte de uñas si me voy de viaje en furgoneta, cuando apenas tengo tiempo de ducharme?
Cada movimiento resultó un cambio de perspectiva sobre los objetos y cada vez me siento algo más desprendida. Sin embargo, en todos estos años, hay un objeto que sigue aquí, conmigo, quizás como una forma de recordarme quién soy, de dónde vengo. Es un ángel de cristal, de formas redondeadas, con sus bordes hechos de un fino alambre. Muchas veces lo sostengo entre mis manos y observo la realidad a través de su vidrio azulado y frágil. Me lo regaló mi mamá en el aeropuerto de Buenos Aires, cuando estaba a punto de embarcar hacia Madrid. Y desde ese momento, en cada viaje, cada mudanza, en cada movimiento en mi vida, el ángel aparece cerca mío, guardado en una caja, en un bolsillo, en un cajón. Muchas veces, el sólo hecho de reencontrarlo me hace sentir menos sola. En momentos difíciles, cuando las distancias duelen, lo vuelvo a sostener entre mis manos para recordarme que todos los afectos están en mí, aunque estén lejos físicamente; y entonces me siento protegida y cuidada. 

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