Cuando éramos chicos mi primo Esteban se disfrazaba de cualquier cosa en Carnavales. Recuerdo que un año estábamos en el bar, llegó Esteban y, acodándose en la barra, nos murmuró:
— ¡Psst! Aquí están los payos de marca real…
— ¿Qué quieres, Esteban?
— Vestirnos de carnaval – nos dijo.
Entonces fuimos a casa de uno que tenía un comercio, Alejandro, y nos metimos allí en la bodega. Cogimos unas cantarinas de lata y se las pusimos a mi primo atadas de las piernas y los brazos. Uno que se llamaba Fernando, el de la tía Munana la Tiesa, que era muy trasto, muy trasto, encontró un saco de azufre y se lo metió en la cabeza y le hizo así con la navaja para los ojos. A Esteban le venía bien todo. Empezó a caminar con las cantarinas, con los otros cacharros que hacían un escandalo, el saco de azufre en la cabeza, y la perra siguiéndolo. Cuando llegamos a la puerta del Raymundo, allí en la plaza, se deshizo todo el baile, los perros asustados lo mordían. ¡Madreeee! Ya cuando dábamos la vuelta pa´casa, se sentó allá, en la puerta de Las Mariquitas, y se quitó el apero de la cabeza: le corría el sudor por la cara y dos velas colgaban de su nariz por el azufre.

¡Hemos dado el golpe! — nos dijo sonriendo.

Avelino, vecino de Vilvestre, Salamanca.

 

Recent Posts

DEJA TU COMENTARIO