Antes de irme, di unas cuantas vueltas en el coche por Playa del Inglés sin saber qué hacer. Sentía como si alguien envolviese en papel la piedra que tenía atravesada en mi estómago, y me ganase la jugada; nunca pensé que disfrutaría pasear por las calles atiborradas de carteles desteñidos pasados de años, y ver a los turistas, colorados como tomates, pasados de sol. Mientras estacionaba vi llegar un bus cargado de alemanes; iban como terneros, enfilando hacia las dunas con cara de embobados, ésa que uno pone cuando es la primera vez de algo. Me fui detrás de ellos. En pocos minutos estábamos frente a los enormes lomos dorados que se despeluzaban con el viento. El mar, del otro lado, apenas se distinguía; sólo las líneas de espuma blanca que se acercaban sin descanso hacia la costa. Me quedé observando a los alemanes: fotografiaban entusiasmados a las palomas que caminaban entre sus pies, picoteando las galletitas que les echaban. Pensé que, con un poco más de público, hasta podrían hacer un show. Me senté en el muro y respiré profundo, se metió el mar adentro mío. Apoyé mis pies desnudos sobre la arena, acordándome de las veces que había hecho eso desde que estaba en la isla. Toqué la arena suave y tibia, como si fuera una caricia y me dejé arropar bajo el último sol. Sentí una especie de electricidad bajo mi piel. Miré hacia el sur, una procesión de nubes viró a la derecha y la tarde se oscureció de golpe; desaparecieron los turistas, las dunas y la playa. Yo seguí sentada, preguntándome qué iba a hacer. Seguro que tenía una cara de embobada, ésa que uno pone cuando hace algo por última vez.

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