“Somos las palabras gastadas de los niños que fuimos. En cierto modo, un adulto es el epitafio de un niño. Por eso, la literatura, que intenta volver a unir palabra y ser, memoria y materia, sentido y vida (…), dirige tan a menudo su mirada a ese espacio inmaduro y a la vez tan perfecto de nuestro ser”. Josep L. Badal «Antología para regresar a la infancia»

El otro día me preguntaban por qué escribía, por qué me gustaba contar historias, por qué viajaba. Lo cierto es que aquella simple – y a la vez – compleja pregunta me dio qué pensar. ¿Por qué me gusta lo que me gusta? ¿Qué elementos iniciales fueron los que me llamaron la atención? Lápices de colores, tizas y guardapolvos, los cumpleaños con globos, las tortas de dulce de leche y los juegos en el jardín. Los recuerdos de mi niñez aparecen como un paisaje soñado al abrir una ventana.

La infancia es una etapa que tiene su propia manera de sentir y de entender el mundo. Pregúntense, ¿Qué les hacía vibrar o emocionarse? En mi caso, revolví en mi memoria buscando una huella especial. Lo supe enseguida: la lecturas de mi infancia. Recordar aquellas primeras historias resultó un reencuentro inesperado con una parte de mí. Cerré los ojos y me vi de pie frente a la biblioteca, en mi casa de la calle Reconquista. Había delgados estantes de madera que cubrían una pared completa del salón. Recuerdo que debía subirme a una silla para poder alcanzar los libros que estaban en los estantes más altos. Siempre andaba merodeando por ahí, imaginando las historias dormidas entre las páginas.

Recordar al niño que fuimos, esa parte de nosotros, es un ejercicio muy poderoso. Es un viaje fascinante donde puede salir a la luz la esencia de lo que somos. Existen muchas formas de emprender esta travesía: a través de nuestra propia memoria y la de nuestra familia, a través de fotografías, objetos, anécdotas, música o palabras.

La idea de este mes es volver a nuestra niñez a través de pequeños gestos, y convertir estos días en una aventura que nos proporcione los elementos necesarios para alimentar nuestra mirada y escribir sobre nuestra infancia. Esta sustancia está más bien escondida, en muchos casos olvidada. Hay que animarse a bucear en el recuerdo de nuestro propio mundo infantil, y redescubrir ese lado más cercano a nuestra esencia, y a partir de allí contar nuestra propia historia.

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