Recuerdo que casi todos los domingos, cuando caía la tarde, papá colocaba en la ventana de la terraza los altavoces del aparato de música. En pocos minutos comenzábamos a oír los acordes de una guitarra acompañando esa voz gruesa y profunda que cantaba, casi hablando, sus palabras…”Nadie salió a despedirme cuando me fui de la estancia”. Era la voz de José Larralde. Siempre José Larralde. Melancolía de nuestra infancia. El césped aún estaba tibio y la luz del sol se colaba fragmentada por entre las hojas del paraíso. Papá se encargaba de sacar los trastos del garage y era en ese momento cuando comenzábamos la tarea comunitaria de arreglar el jardín.
Vienen a mi memoria esos veranos observando cómo aquella selva se transformaba nuevamente en nuestro lugar de juegos mientras oíamos los gritos de papá porque mi hermano se negaba a usar la bordeadora con la tanza tan larga. Los gritos de papá. Siempre estaban los gritos de papá; porque nos peleábamos si nadie quería juntar el pasto cortado, o por la caca de Jacinto que nadie recogía y quedaba untada en las cuchillas de la cortadora. Siempre esa cara de culo, ese ceño fruncido, esa boca seria. ¿Alguna vez se sentiría feliz? Recuerdo su ir y venir con la máquina, con su frente cargada de gotas de sudor, su ceño más fruncido que nunca por el sol. Y una piedra – siempre había una piedra – que agarraba las cuchillas, salía disparada, y por los pelos no le sacaba un ojo a mi hermana.
La tarde caía cargada de silenciosa familiaridad, el aroma fresco del césped recién cortado, la vereda limpia, las bolsas negras en un rincón, y el canto melodioso de los primeros grillos. Nos sentábamos juntos sobre esa alfombra verde a esperar la nochecita y, de a poco, retomábamos las risas y los juegos. El día se iba extinguiendo y papá se entusiasmaba ayudándonos a convertir nuestros brazos en enormes alas; nos tomaba de los tobillos y nos elevaba con fuerza en el aire, más allá de sus hombros anchos y fuertes. Nos sentíamos volar lejos, por sobre la medianera y el paraíso, incluso los ladridos de Jacinto se iban apagando, hasta desaparecer. A veces, en aquellos vuelos dominicales, veíamos más allá de nuestra calle y la vista alcanzaba el tanque de agua de la plaza y el tren que se perdía en una curva, rumbo a El Jagüel. Recuerdo que siempre nos bajaba al suelo sin previo aviso y por unos minutos el mundo seguía girando a nuestros pies. Entonces veíamos a papá sin el ceño fruncido, sin su cara de culo, y asomaba escondida entre sus bigotes gruesos una amplia sonrisa. Y pensábamos que sí, que en aquellas tardes juntos, se sentía feliz.
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