Nos mecemos en los árboles del tiempo sin atrevernos a partir; el viento que sopla aún es cálido. El otoño es inminente pero todavía estamos vivas, murmuramos. Colores ocres y amarillos nos visten de arriba a abajo. Ya no somos las mismas. Estamos más débiles que hace unos meses, pero seguimos aquí, en nuestro lugar dorado.

Otro día más que transcurre. Ya no es tan cálido. Los vientos del sur avanzan e intentamos soportar otro temporal. Sabemos que el final se acerca para nosotras pero volveremos a la tierra, luego de nuestra temporada en las alturas. Todo se ve distinto desde aquí arriba, incluso los humanos parecen más pequeños y también menos peligrosos. Oímos sus pisadas sobre el camino, a veces los sentimos perderse. ¿Cómo es posible, con todas las señales que ofrece la naturaleza? Dan vueltas en círculos y vuelven sobre sus pasos una y otra vez. ¿Cuál es el sentido de todo aquello? Nosotras dejamos que la naturaleza nos guíe. Porque somos parte de un todo. Y ese todo es parte nuestra. Pasan otros días más. Ya casi no tenemos fuerzas. En mis hermanas la nervaduras son visibles, y se han vuelto casi transparentes: penden de un tallo que cada día está más quebradizo. Las veo partir, una a una van dejándose llevar por el viento y caen lentamente, en forma de zigzag, sobre las hojas que ya han caído. Algunas somos más fuertes, pero también nos llegará el día.

Ése día la lluvia y el viento juguetean con las ramas del viejo roble, y nosotras, las que hemos aguantado hasta el invierno, ya no forzamos más la estancia. Nos miramos las unas a las otras, nos despedimos, sin resistirnos nos dejamos caer el círculos hasta el colchón de hermanas que nos esperan. Ahora siento el frío en mis espaldas y la lluvia moja todo mi ser. Pasan los meses y la lluvia cae con más intensidad. Luego, un día, sin anticiparse, los primeros copos de nieve nos cubren totalmente. Una gruesa capa nos entierra en un sueño blanco. No morimos, sólo deshacemos nuestras formas conocidas para convertirnos en algo más, en parte de algo, en parte de todo. Naceremos en otras dimensiones, y quizás, nuestro nuevo espacio sea fluvial, y nos encontremos serpenteando río abajo cuando llegue el deshielo al valle. Un ciclo permanente que nos contiene en un círculo infinito de vida. No buscamos la supervivencia. Siempre estamos vivas, siempre vivimos en otros que no son más que nosotras mismas.

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