El viaje con Rocky por Europa ha llegado a los cuatro meses y diecisiete mil kilómetros. Decidimos volver a la isla donde vivimos, Gran Canaria, y asimilar esta aventura maravillosa, y así seguir contándoles detalles de lo que fue este viaje ambulante. Ahora toca parar y sentarse a escribir con más calma. Seguiré contándoles mundos porque hay historias en todas partes.

Sí, es verdad, hay cierto hastío de la carretera, del sol elevándose en el horizonte y calentando mis brazos, de los carteles que pasamos de largo, que nombran ciudades que aún no conozco, y que no sé si llegaré a conocer, de la radio en otro idioma que repite una y otra vez la misma canción, y se confunde con las indicaciones indiferentes del navegador, de las salidas erradas, de la autopista infinita, de los coches que nos adelantan, de los coches que vienen de frente, en fin, de los coches, de las velocidades máximas, de los árboles a los lados que se me antojan todos iguales, de la molestia en el cuerpo por tantas horas sentada, de los cientos de camiones transportando quién sabe qué, del cristal pringado de desechos de pájaros y diecisiete mil kilómetros, de la vegetación que aparece y desaparece, de las líneas blancas, de los puentes, de los puentes con trenes cargados de coches sin estrenar, del intermitente, del adelantamiento, del otro intermitente, de las obras viales que impregnan los atascos con el penetrante olor del alquitrán, del intermitente, del adelantamiento, del otro intermitente, de los conos anaranjados que parecen reírse de nosotros (efectos del alquitrán, quizás), de la tarde que ahora cae sobre mis ojos y luego sobre las rayas blancas del camino. Sí, el viaje se convierte en un recorrido imperfecto porque el cansancio se entremezcla con los otros acontecimientos que también se suceden una y otra vez, como el sol que va cayendo sobre nosotros como un velo tibio y dulce y nos baña de luz anaranjada, de las bandadas de pájaros que sincrónicamente atraviesan el cielo sobre nosotros, de la sonrisa de un camionero que señala las llantas de la furgoneta y levanta su pulgar izquierdo y me hace sonreír, o la emoción por ese cartel de la ciudad ansiada que, de alguna manera, me ancla a la realidad de este movimiento constante e intenso que es viajar y vivir en Rocky. Y con ese hastío también se entremezcla la deliciosa curiosidad al atravesar un mundo diferente al mío tan impactante y a la vez tan efímero. Ha sido maravilloso atravesar los países por las carreteras y perder mis ojos en pueblos diminutos, doblar en una curva y toparse con lo inesperado, sorprenderme todos los días, incluso de mí misma viajando. Ha sido frustrante no estar más tiempo en los sitios. ¡Es que yo me quedaría un mes en cada lugar! O no poder disfrutar al cien por cien porque el cansancio me ganaba la partida. En este viaje he aprendido a transitar el camino aceptando que no es perfecto, y a la vez, agradeciendo por los pequeños detalles cotidianos que nos fue regalando la vida en esta aventura.

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