Llegamos a Berlín por la tarde y nos metimos en un camping ubicado en Köpenick; allí se apiñaban las caravanas en una explanada escondida tras la fachada de un antiguo edificio de ladrillos colorados. El baño, muy espartano, era compartido y tenía varias puertas que daban a las duchas de hombres y mujeres, y a otras habitaciones inaccesibles con un cartel hecho a mano que decía privat. Adentro de los baños vive una familia — me dijo Juan. No le creí hasta que fui a lavar los platos y oí las voces ininteligibles que se escapaban por las cortinas blancas y llegaban hasta el patio central.
Me siento extraña en Berlín, con muchas preguntas que ya tienen respuestas, y con ansias de recorrer la ciudad por primera vez, pisar su calles y atravesar los vestigios del muro, perderme en el lado este y oeste. Pero hoy apenas hemos visto unas calles de las afueras. Hay algo en mí que me mantiene alerta y angustiada. Recorro cada calle con la mirada imaginándome qué pudo haber pasado en aquella esquina, intentando construir los edificios destruidos, reviviendo las vidas que fueron llevadas al infierno. Hay en mí una sensación de gran pesar, quizás demasiado para alguien que no ha vivido esos tiempos y no tiene algún tipo de conexión afectiva. Pero por alguna extraña razón siento en mi piel todo ese sufrimiento, en mi corazón todo ese dolor.
Son más de las diez cuando oigo los primeros estruendos a lo lejos, como un saludo de bienvenida de una ciudad que ya no existe. Quizás algún concierto en el Arena que finalizó con fuegos artificiales. Miro al cielo pero no distingo más que las nubes y la luz débil de la luna que va menguando. Pero a mí me suenan a artillería de otros tiempos atravesando el camping, las luces, la furgoneta y después atravesándome a mí. Se prolongan las explosiones por unos
minutos y yo me estremezco como si estuviera refugiada en una noche de bombardeos. Quiero que acabe la noche y que llegue el día, que me haga perder la memoria de estos recuerdos que no tengo.

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