Cuando el cielo se encendió, en vez de nubes parecían leñas ardiendo que se evaporaban en el horizonte. Aquella imagen de colores profundos quedo grabada en mi cuerpo. Sentía el atardecer ardiendo dentro mí, y el pecho que se encogía hacia dentro, costaba respirar, y costaba pensar en nada. Mejor. El cielo se fue volviendo un humareda anaranjada, como si los mismos campos tras las montañas sufrieran el peor incendio. Las nubes apenas se movían, y yo alzaba mi cabeza hacia el cielo, intentando cubrir con mi mirada el lienzo del incendio. Logré respirar mejor cuando me acostumbré a ese cielo, pero a medida que pasaban los minutos se iba apagando, como un fuego sin cuidar, y las nubes se volvieron opacas, luego cenicientas, y el cielo volvió a ser cielo, de nubes grises y la noche cayendo.

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