Lo veo bajar del coche, estirar su espalda hacia atrás con las manos en sus caderas y caminar unos metros hasta perderse entre los arbustos. Al rato vuelve y se sienta en unos peñascos a la sombra. Desde aquí escucho su voz por primera vez, es suave y masculina, pero no entiendo nada de lo que dice. Tampoco sé que le dicen del otro lado del móvil. Mientras conversa, recorre con la mirada el área hasta que me ve, sentada en un banco de madera, bajo un frondoso árbol. Yo sostengo aquellos ojos profundos, no dejo escapar esa mirada. Él arranca una pequeña brizna de hierba del suelo, se la lleva a la boca y enseguida, algo nervioso, la revolea en el aire. Se escucha el rumor lejano de los coches en la autopista, se confunde con el canto de los pájaros en los árboles y un perro ladrando detrás de los baños. Lo miro y sonrío. Ahora él también sonríe. Hay un silencio expectante entre nosotros, dibujado entre los peñascos y este banco de madera. De un portazo el silencio se rompe. Suena el encendido del motor y el coche que se aleja. Desaparece la matrícula en la curva, por entre los árboles apretujados. Y aparece el viento, que ruge con fuerza sobre las ramas y hace temblar todas las hojas. Y también mis ganas.

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