Qué inquietantes resultan los rostros adormecidos de las vidas encerradas en ciudades. Brazos indiferentes, moviéndose al unísono, pies golpeando con fuerza suelas sobre el cemento. Esa repetición de movimientos, pensamientos superpuestos confundidos en la mente. El cielo se convierte en un lienzo de trazos inventados. Blancos, grises, azules. Ahora escucho el trino de los pájaros invisibles, exhalados por las copas de los árboles. Sonidos desiguales y alternados: son cantos relevándose. Planean sobre mí sombras de sus cuerpos, como sentimientos agitados de insomnes madrugadas. Avanza un espacio vacío, un no momento. Amanece en mí.

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