Atravesé en bicicleta el pueblo de Grafenhausen; mis piernas pedaleaban por un angosto sendero que discurría entre enormes prados cubiertos de flores y la carretera que llevaba a Rothaus. Luego de algunos kilómetros, observé las frutos rosados que se escondían entre los arbustos. Dejé la bici a un lado y me quedé mirando la frambuesas silvestres que colgaban frágiles en las ramas. Recogí una delicadamente; apenas la sujeté entre mis dedos, se desprendió y se dejó caer en la palma de mi mano. Fui recogiendo todas las que encontraba. Al rato, mi mano, convertida en cuenco, desbordaba de frambuesas. Las observé con detenimiento: las había turgentes y rosadas, unas atravesadas por diminutos gusanos, otras pálidas, aún verdes. Quité de allí las que no estaban listas, también las que se consumían por dentro, las que morían. En aquel proceso, me di cuenta de lo fundamental que era seleccionar nuestros propios frutos: las ideas que nacen en nosotros; tener paciencia con las inmaduras; dejar las pasadas y elegir las maduras, las que están listas, las que nos dejarán un buen sabor de boca. Al fin y al cabo, las frambuesas que no se consumen, no se desechan, vuelven a la tierra, como las ideas, para convertirse en otra cosa.  

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