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egué a la ciudad un domingo por la tarde. Subí corriendo por una escalera de peldaños desgastados, hacia el piso ubicado cerca de la calle Legalitat. Se abrió la puerta y me encontré con los ojos claros de mi hermana, sonriéndome. Recuerdo que estiramos tanto aquel abrazo como si fuera un día de verano. Desde la ventana del balcón se veía Barcelona, recortada entre las siluetas de los edificios de enfrente. Pensé en todos los momentos que habíamos perdido; incluso el segundo abrazo tardó en llegar, como si de alguna manera, el estar juntas fuera una experiencia completamente nueva entre nosotras. ¿Será por eso que nos pasamos las noches superponiendo diálogos, amontonando anécdotas, rozando nuestros brazos para sentirnos cerca, riendo a carcajadas hasta llorar? ¿Será por eso que gastamos estos días juntas intentando reconstruir una pizca de cotidianidad?
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