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e golpe, entre las nubes, asoma la silueta de la isla recortada sobre el horizonte y el atardecer que va extinguiéndose. Los rayos de sol llegan al agua, escapando de las nubes. Al sur distingo un poco más de su contorno y poblados blancos escondidos en un valle. El mar está agitado por olas azules que emergen por todas partes, como si fueran curiosas ballenas saliendo a respirar. Percibo el rumor constante del ferry y las olas golpeando contra el casco. Las palabras que escribo se escapan por la cubierta y se dejan ir por la estela en el mar. La isla se hace cada vez más grande y aparecen, como un espejismo, los primeros edificios de la ciudad. El sol desciende y crea un camino dorado desde la costa hasta el barco. No puedo ver más allá. Las sombras del puerto se hacen más nítidas y se convierten en esqueletos pintados en el horizonte. La isla reaparece tras las nubes, y la ciudad pareciera caerse encima de los barcos. Ya veo el murallón de piedra, con sus bloques desperdigados, las naves del puerto y los primeros coches que circulan por un camino invisible.
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