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bservé por la ventanilla cómo nos movíamos: el gigante de techo enrejado y cristal iba desapareciendo de mi vista. Una sensación surgió de mis entrañas y se extendió por todo mi cuerpo, pero no supe qué era. Desde mi asiento vi el ala derecha del avión, imponente y plateada. Giramos y el sol entró de lleno en el interior, rozando mi brazo desnudo. Allá fuera, la pista. Nos detuvimos.Cabina preparada. En medio de aquél silencio expectante, dos pasajeros tosieron, casi al unísono.Estábamos a punto de despegar y esa sensación, que aún perduraba, se aceleró, vibró y rugió adentro mío, como aquella máquina de hierros. El zumbido de los motores se fue extendiendo por todo el avión. Cogimos velocidad y nos elevamos.Cómo te sacuden los viajes, pensé mientras apoyaba mi frente en la ventanilla, cómo te enredan en el aire, te regalan nuevas sensaciones y te transportan sin escalas hacia tu interior. Es como volver a experimentar la vida por primera vez. Luego de unos segundos sobrevolábamos el río serpenteante que atravesaba la ciudad. Me despedí de ese cielo, ese cielo que parecía estar siempre gris, aunque debajo los colores y las sonrisas asomaban por doquier.Viajar no te cambia, no dejas de ser. Viajar es como quitar capas de ese ser, descubrir facetas nuevas de uno mismo. Me pregunté, con cierta nostalgia, si alguna vez regresaría a Bangkok.Viramos y el sol desapareció de mi piel. Volvió esa sensación desconocida, pero más suave, asentada entre nubes de algodón. ¿Sería esto la felicidad?
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