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aisajes suaves abrasados por el sol de junio. Veo los rebaños amparados en las sombras de las encinas. Los olivos dormidos me persiguen en cada mirada, como un sueño que se repite una y otra vez. El cielo quemando, donde la tierra es seca y desnuda. Ahora las vides se multiplican en Valdepeñas, hasta confundirse con el paisaje.
Madrid, ahora, está a un palmo de mi cuerpo pero se escapa y aparecen los pájaros cruzando el camino hacia las casitas blancas. La tierra preparada, esperándome. Se funden en mí los torreones quebrantando el paisaje, el cristal de la furgoneta salpicándose de kilómetros, el viento fuera que imagino caliente, las líneas blancas del camino, respirando el mundo entrecortadas. Marcas en el territorio, huellas efímeras en mi memoria. Los calores de la tarde se reúnen en el horizonte y se devoran a los coches que nos adelantan. La vida rural, en cambio, se mantiene intacta a mis espaldas.
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