N

o hubos días de adaptación ni ensayos preliminares. Nada de nada. De repente, me vi una tarde de fines de junio, parada junto a un caudaloso río francés, mirando atónita cómo mi compañero de ruta sacaba “el avance”. El avance no es más que una cortina con cierres incorporados que hacen de puertas y ventanas. Se coloca en la parte trasera del coche, y es un accesorio para crear cierta intimidad al aire libre: ideal para ducharse.
Tocaba arrimar el hombro y ayudar, así que ahí estaba yo, de rodillas, intentando clavar las estacas al avance. Intentando dije, pero parece que mucho empeño no le puse porque con el primer soplo de viento, la cortina se desprendió aleteando como una gaviota. A esa altura de la tarde, con el cansancio que tenía acumulado, después de los trescientos cincuenta kilómetros que habíamos hecho en la furgoneta, sinceramente – con una mano en el corazón – me daba igual bañarme.
El problema no terminaba ahí. No sólo había que volver a montar la cortina, sino que había que sacar el termo portátil de su valija, colocarle la manguera y conectarla a la bomba de agua e insertar ésta en la garrafa de agua; enchufar el cable que iba de la bomba a la electricidad; enchufar el termo a la electricidad; sacar la bombona de gas, y la manguera correspondiente; conectar la manguera que iba de la bombona al termo; sacar la alcachofa de la ducha, que iba enganchada al termo y a la bomba de agua.
Cuando terminamos el protocolo, ya se estaba haciendo de noche. Me quedé  mirando las conexiones con dos pensamientos revoloteando en mi cabeza como moscas de verano. Primero, no podía creer la cantidad de cablerío necesario para echarse un poco de agua caliente, que si uno lo veía desde afuera, parecíamos ingenieros de la NASA a punto de despegar una sonda a Marte. El otro pensamiento era más bien una pregunta existencial: ¿Esa bombona de gas era segura o íbamos a volar por los aires al abrir la llave de paso? Veía la conexión enclenque, el agua, la electricidad, el gas…¡Qué mezcolanza más negligente teníamos montada ahí! Al principio me costó entrar en el avance; me imaginaba volando por los aires como una superheroína, con la cortina como capa, y la bombona en una mano (de superpoder, claro). Debo confesar que con esa primera ducha me quedó cierto nerviosismo en el cuerpo, que no me salió ni restregando con jabón.
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