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umbada sobre la arena, observé cómo el contorno de la sombrilla proyectaba su sombra sobre mi cuerpo. El sol calentaba fragmentos de mis manos mientras el cielo se poblaba de nubes desarmadas; finos lienzos que iban deshilachándose hacia el horizonte. En el puerto, los motores de los ferries continuaban encendidos y su ronroneo se propagaba bajo la superficie del mar. Vi acercarse un velero que traía turistas de regreso; en su cubierta sonaba aquella canción que me recordó otros años. Un grupo de alemanes bajó por la rampa como un rebaño obediente – apiñados y en silencio-, y enfiló hacia el bus con expresión atontada, esa que uno pone cuando es la primera vez de algo. Observé cómo fotografiaban entusiasmados a las palomas que caminaban inquietas entre sus pies, picoteando pedacitos de galletas y frutos secos que les echaban. Con un poco más de público, hasta podrían hacer un show, pensé. Casi sin darme cuenta regresó el viento, camuflado entre elementos cotidianos: la bandera española ondeó en el mástil de un velero y los faldones de la sombrilla aletearon suavemente; el mar se arrastró hasta la costa y una ola mínima chasqueó a mis pies.
Por la tarde el puerto se quedó tranquilo cuando los últimos veleros cargados de turistas regresaron. Frente a la playa había un viejo barco colgando de una grúa, exiliado del agua, parecía fuera de contexto. Una gaviota desplegó sus alas y se elevó, planeando en silencio sobre los barcos anclados. Había un hombre con el agua hasta los muslos, tenía las manos en los bolsillos del bañador como si se aburriese del mar. Se internó un poco más, sacó sus manos del pantalón y acarició la superficie del agua calma como si acariciara el cuerpo de una mujer.
Seguí a la gaviota que aún rondaba en el puerto, se alejó y se volvió oscura hasta desaparecer. Recorrí con mi mirada el puerto hasta que alcancé el espigón, unas cañas sostenidas por dos hombres enfrentados se elevaban como rifles en una última contienda. El cielo se tornó brillante y las nubes doradas fueron volviéndose rosas, y luego púrpuras. La tarde se extinguió suave, como todas las tardes de otoño en Fuerteventura.
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